La sombra detrás del perfil: la historia del ciberacoso que el Perú no quiere que sepas.
No es gracioso, es ciberacoso...
La sombra detrás del perfil: la historia del ciberacoso que el Perú no quiere que sepas.
El ciberacoso afecta a miles de jóvenes entre 18 y 25 años en el Perú, principalmente a través de Instagram, WhatsApp y TikTok. Aunque los casos aumentan, el miedo, la vergüenza y la falta de educación digital dificultan que las víctimas denuncien.
En la actualidad, el ciberacoso se ha vuelto una práctica constante en diversas redes sociales. Esta forma de violencia digital afecta principalmente a jóvenes peruanos de entre 18 y 25 años, quienes suelen ser víctimas en plataformas como Instagram, WhatsApp y TikTok. A través de ellas, reciben insultos, amenazas o se exponen imágenes personales sin consentimiento. Aunque los casos van en aumento en todo el país, muchas víctimas guardan silencio por temor a represalias o a no ser tomadas en serio.
El ciberacoso representa un problema altamente mediático, ya que no solo implica agresiones verbales, sino también afecta en el plano emocional, psicológico e incluso sexual. Además, pone sobre la mesa un debate serio respecto a la salud mental, la cual debería ser considerada esencial para todas las personas. Sin embargo, aunque esto parezca evidente, nunca sabremos con certeza qué ocurre en la mente de alguien más. Esta realidad resulta preocupante, pues refleja que nuestra sociedad peruana ha evolucionado, pero no necesariamente en el camino correcto, mostrando signos de un creciente desequilibrio social.En esa línea, un estudio realizado por José Ríos, de la Universidad de Málaga (España), revela que el 31.7% de los estudiantes ha sido víctima de ciberacoso, mientras que un 20.1% admite haber participado como ciberacosador. Estas cifras dejan en evidencia la magnitud del problema dentro del entorno estudiantil y subrayan la urgencia de implementar medidas efectivas de prevención y apoyo.
En una entrevista sobre ciberacoso, se presentó el caso de la amiga de Angella Molla, una joven bailarina de Heels, un estilo de danza que se caracteriza por movimientos sensuales ejecutados con tacones. Según relata, solía compartir su gusto por el baile a través de videos y publicaciones en Instagram. No obstante, con el tiempo comenzó a recibir una gran cantidad de comentarios sexualizados y machistas, en los que, en múltiples ocasiones, se referían a su cuerpo de forma despectiva.Ante esta situación, empezó a sentirse insegura e incómoda al expresarse mediante el baile, ya que no esperaba ser blanco de ese tipo de reacciones. Además, señala que muchos de estos comentarios provenían de hombres adultos que, de manera insistente, la acosaban e incluso le enviaban mensajes directos. Como consecuencia, su salud mental se vio afectada, desarrollando un temor constante a ser observada con una mirada perversa. Este caso ilustra claramente lo que viven muchas víctimas del ciberacoso: sentimientos de vergüenza, aislamiento y una profunda sensación de soledad frente a una agresión que no deja huellas físicas, pero sí heridas emocionales difíciles de sanar.
Entre los principales factores que permiten la proliferación del ciberacoso se encuentran el anonimato, la velocidad con la que se difunde el contenido en línea y la falta de consecuencias reales para quienes se esconden detrás de una pantalla. A esto se suma la limitada capacidad de respuesta de muchas plataformas digitales, que no siempre actúan con la rapidez necesaria frente a las denuncias. Además, los sistemas de moderación suelen ser poco eficaces o, en muchos casos, simplemente insuficientes.Por otro lado, la falta de educación digital también cumple un rol clave. Muchos jóvenes no son plenamente conscientes de los riesgos al interactuar en línea, ni de la importancia de saber con quién se comunican o cómo manejar la información personal que comparten. A menudo, desconocen qué contenidos son legales o ilegales de difundir, y no cuentan con herramientas claras para proteger su privacidad.Finalmente, se ha normalizado el uso del “hate”, las “funas” o el “doxeo” como formas de entretenimiento o castigo social, especialmente dentro de comunidades anónimas o plataformas en tendencia. Esta cultura de la exposición y el escarnio digital refuerza la impunidad y profundiza los efectos del ciberacoso.En el entretenimiento, especialmente en comunidades anónimas o en “tendencia”.
En caso de ser víctima de ciberacoso, es fundamental conservar evidencias: tomar capturas de pantalla, guardar mensajes ofensivos y registrar fechas o perfiles involucrados puede ser clave al momento de denunciar. También se recomienda bloquear al agresor, evitar responder a provocaciones y reportar el contenido directamente a la plataforma correspondiente. Al mismo tiempo, compartir lo sucedido con alguien de confianza como un familiar, amigo cercano, tutor, consejero o psicólogo puede brindar apoyo emocional y orientación ante la situación. Por otro lado, la educación digital debe integrarse en los programas escolares y universitarios no solo como una herramienta técnica, sino como parte de una formación completa en ciudadanía digital, derechos en línea y autocuidado en entornos virtuales. Esta formación contribuiría a que más jóvenes reconozcan y enfrenten situaciones de riesgo con mayor preparación. Asimismo, las plataformas digitales deben asumir una responsabilidad activa en la prevención del acoso, aplicando mejores filtros de contenido, fortaleciendo sus sistemas de moderación incluyendo revisión humana y desarrollando algoritmos capaces de identificar patrones de lenguaje violento o conductas abusivas.
El ciberacoso no es una simple consecuencia del uso de redes sociales, sino una forma de violencia que afecta de manera directa la salud mental, emocional y social de miles de jóvenes peruanos. A través del anonimato y la impunidad, muchas de estas agresiones persisten y se normalizan en entornos digitales que deberían ser seguros.Por ello, es fundamental asumir una responsabilidad colectiva: desde la denuncia y el apoyo entre pares, hasta la exigencia de cambios concretos en plataformas digitales y sistemas educativos. Incorporar una verdadera educación digital, promover el respeto en línea y visibilizar las consecuencias del acoso virtual son pasos urgentes y necesarios.Sólo mediante el diálogo, la empatía y la acción conjunta podremos construir espacios virtuales más justos, libres de violencia y verdaderamente inclusivos para todos y todas. Porque detrás de cada pantalla, hay una persona que merece respeto.
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